Educación

La importancia de “Estar ahí”

“¿Por qué crees que los alumnos te quieren y respetan? No es por saber más, por explicar mejor o por hacer más o menos bromas; es porque perciben que estás ahí para ellos en todas las dimensiones”

Llega el inicio de curso y con él todas nuestras proposiciones; es casi como el año nuevo de los profesores, el momento en que echamos la vista atrás, analizamos y nos proponemos metas para el curso que está por comenzar. A veces, agotados como estábamos cuando cogimos las ansiadas vacaciones, decidimos guardar todos nuestros apuntes mentales sobre lo que había ido bien y lo que no había ido tan bien para septiembre y ahora llega el momento de reinventarnos, de mejorar y de aprender de nuestra experiencia.

En este artículo voy a tratar sobre un único tema que creo que es fundamental para la actividad docente y que, a pesar de ello, casi siempre queda ofuscado por la relevancia que adquieren las interminables listas de conceptos, actividades, retos, sistemas de evaluación, competencias y demás que en estos días nos acosan por Internet: la importancia de “Estar ahí” para el alumnado en todas sus dimensiones.

 

Las emociones son el eje de cualquier relación

La primera dimensión es la emocional pues nada significativo existe al margen de ella. Las emociones tiñen nuestra forma de entender, de percibir, de querer o no querer hacer las cosas, de sentir y vivir nuestro día a día. Es por eso que descuidar esta dimensión en nuestra relación con el alumnado es un gran error.

Hay muchos artículos que se centran en ofrecer actividades para trabajar la parte emocional pero considero que dichas actividades son recursos que deben añadirse a un sustrato emocional ya formado. Un sustrato que es relativamente fácil de crear y que, según mi experiencia, se basa en una única premisa: sentir los problemas como un adolescente y darles soluciones como un adulto. Para ello es imperativo no dejar que las urgencias de nuestro día a día nos impidan tomarnos unos minutos con nuestros alumnos cuando estos tienen un problema, recordar cómo era tener su edad y darle la misma importancia emocional que ellos. Es muy común escuchar, cuando ves a un alumno explicándole un problema a un profesor, una frase parecida a “tranquilo, ¿no ves que es una tontería? no te preocupes y ves al patio”. Y aunque seguramente es cierto que sea una tontería también lo es que el alumno no la está viviendo de esa manera. Se le ha ofrecido una solución adulta pero no se ha sentido entendido ni respaldado. Puede que el problema se solucione (es más, la mayoría de problemas de nuestros alumnos se solucionarían aunque no estuviéramos nosotros ahí) pero hemos desaprovechado una ocasión para tender un puente emocional entre nuestro alumno y nosotros; una oportunidad de que se sienta cercano a su profesor o profesora y que vea que él o ella son importantes, que no siempre todo lo demás (notas, correcciones, tiempo libre, hora de comer, etc.) va antes en el orden de prioridades de su profesor.

Así pues, de la misma manera que como adultos entendemos que que se nos caiga un caramelo al suelo no es realmente un problema, para un niño pequeño puede que sea, en ese momento, el problema más importante del mundo. Que el alumno vea que un adulto se esfuerza por compartir la importancia que le da a un problema y después le ayude a ver soluciones coherentes no solo considero que es el camino para que la relación emocional sea un recurso a nuestro favor sino que ayuda al alumno en cuestión a entender sus emociones infantiles/juveniles y, al mismo tiempo, genera contextos de aprendizaje que le permiten afrontar los problemas desde una perspectiva más madura.

 

Lo que ellos esperan de un adulto

La segunda dimensión es la de las expectativas. Todos los humanos las tenemos y se generan ante la incertidumbre de lo que va a pasar, lo que se va a vivir y de cómo. Es normal, pues, que en la relación profesor-alumno sea éste último el que más expectativas tenga. Nosotros, como profesores, sabemos qué va a pasar, controlamos la clase y solemos tener experiencia en el curso que impartimos; ellos son los que viven por vez primera la situación. Eso provoca que generen expectativas sobre todo lo que viven y su profesor no es una excepción.  Es importante entender que dichas expectativas se generan en distintas “capas”: esperan algo del profesor según la materia que imparta, según si es hombre o mujer o según su edad o aspecto. No obstante, por encima de todo nos encontramos la capa más importante en esta dimensión: las expectativas que vuelcan en el profesor o profesora simplemente por ser adulto.

¿Y qué esperan de un adulto? Pues  que sea alguien coherente, que no pierda las formas, que respete su palabra, etc. En definitiva y para nuestro beneficio esperan lo que nosotros queremos enseñarles. Los adultos, en su vida, son aquellas personas que establecen los límites del mundo y le dan estabilidad. Yo trabajo con adolescentes (de doce a dieciséis años) y a pesar de los fogonazos y las confusiones mentales propias de su edad agradecen y necesitan que los adultos a su alrededor se mantengan firmes en sus convicciones y en aquello que saben que se les quiere transmitir.

Reconocer un error. Pongamos un ejemplo: si uno de nuestros alumnos se equivoca esperamos de él que lo reconozca con naturalidad, que pida disculpas si es necesario (en caso de haber generado un problema para alguien más) y que solucione la situación si está en su mano hacerlo. Entonces ¿por qué es tan difícil encontrar profesores que reconozcan sus errores delante de los alumnos? Las respuestas que he escuchado a esta pregunta son muchas y variadas: “Perdería la autoridad”, “Dejarían de confiar en que sé de la materia que enseño”, “Sería una vergüenza” y la que más me sorprende: “Soy un modelo a seguir así que no tengo que equivocarme”. Creo que nada está más lejos de la realidad porque, precisamente, el modelo que buscamos que persigan nuestros alumnos es el de alguien que no es perfecto y puede reconocer y aprender de sus errores. Es más, a modo de ejemplo expondré un pequeño contexto de aprendizaje que genero cada año al empezar el curso con los alumnos que no me conocen. Una vez llevamos un par de clases y estoy explicando algo en la pizarra me equivoco intencionadamente en algún punto (algo que se pueda ver dado que, por ejemplo, se contradice con otra cosa que se encuentre apuntada y a la vista del alumnado) y prosigo la clase a la espera de que alguno de ellos se de cuenta. Cuando lo hacen y me lo comentan (en el caso de que nadie se diera cuenta sería yo mismo el que lo rectificaría, aunque nunca me ha pasado) reconozco mi error con total naturalidad, lo rectifico y aprovecho la situación para evidenciarles que eso es lo que espero de ellos: no vergüenza, no mentiras, no excusas, no culpas a terceros… solo la tranquilidad y la normalidad del que se ha equivocado, lo ve, lo entiende y mejora.

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Ser coherentePor otro lado, ser coherente a veces es muy complicado. No será la primera vez ni la última que, como profesores, nos enfrentaremos a una situación en que un alumno hace una trastada importante y en ese momento, en caliente, pondríamos un castigo que podría ser desproporcionado. Luego, con el paso de los minutos, te vuelves esclavo de tus palabras y crees que debes sostener el castigo aunque consideres que es un poco excesivo. ¿Cómo solventarlo?

Lo cierto es que nunca he tenido ningún problema al rectificar un castigo, especialmente porque siempre que lo he tenido que hacer he dialogado con el alumno en cuestión y no lo he planteado como una especie de “perdón divino” o evidencia de mi “magnanimidad”. No obstante, uno de los consejos que suelo dar a los profesores nuevos del colegio en el que trabajo es: si te encuentras en una situación en la que te has encendido y debes poner un castigo, dile al alumno que más tarde le comunicarás las consecuencias de sus actos. Así tienes tiempo de recapacitar, consultar y determinar, con coherencia y sin desproporción alguna, las acciones adecuadas a realizar.

La coherencia entre nuestras palabras y nuestros actos es fundamental para el alumnado.

Ser sincero no solo significa no mentir. No es la primera vez que escucho a un profesor edulcorar las cosas o evitar dar malas noticias con la impresión de que así se ganará el favor del alumnado. Y si bien es cierto que en primera instancia así es, también lo es que es un favor muy efímero que no puede competir con el que se gana al ser sincero con ellos tanto para lo bueno como para lo malo.

Diferenciar entre persona y conducta al tiempo que se lo evidenciamos a nuestros alumnos. Cuando un alumno hace algo mal es importante “atacar” a su conducta y no a su persona. Aunque a nosotros nos parezca algo evidente es sorprendente la cantidad de veces que si no lo hacemos explícito ellos interpretan un “eres mala persona” en vez de un “has hecho algo mal”. Y es tan importante porque al hacerlo creas un contexto en el que el alumno se siente capaz de mejorar y no etiquetado, generando muchas veces este último caso un efecto rebote en el que el alumno acaba adquiriendo el rol que percibe que se le ha asignado.

 

Los detalles

La tercera dimensión es la de los detalles. Dice un refrán anglosajón que “el diablo está en los detalles” y no podría estar más de acuerdo con ello especialmente en lo que se refiere a la conformación de la imagen de una persona. Como alumnos es evidente que agradecen una charla de su profesor cuando la necesitan pero las microcomunicaciones son igual de importantes o más, por el simple hecho de que se producen en muchas más ocasiones y ayudan a establecer una relación emocional más profunda. Un “¿Qué tal el día?”, un “me he fijado en que estás más serio que de costumbre” o un simple golpecito en la espalda tienen mucho poder y como profesores, ahogados muchas veces por las correcciones y las preparaciones de clase, tendemos a infravalorarlos en pos de agrupar toda esa atención en una gran charla grupal.

Sales de clase con la mente puesta en la siguiente sesión, en los textos que te llevas para corregir, en el claustro del día siguiente y, quizás también, en lo que tienes que hacer por la tarde, tras el colegio. Entonces te cruzas con una alumna que suele ser muy risueña y alegre pero ese día te mira y, aunque te sonríe, percibes que es una sonrisa un poco más forzada. Puedes, entonces, seguir adelante. Seguramente no será nada o, al menos, nada importante; es más, posiblemente antes de que acabe el día ella ya ni se acordará porque se habrá solucionado el problema. Pero si en ese momento te detienes un instante y le preguntas “¿estás bien?”, sea cual sea la respuesta, habrás conectado un poco más con ella porque se sentirá escuchada y apreciada. No son pocas las veces que me han contestado que no sucedía nada con palabras pero me han confirmado que sí con la mirada y en ese momento siempre les digo una cosa: “no me mientas; dime que no te apetece contármelo y me iré pero sabes que puedes contar conmigo si necesitas hablarlo”. Es un detalle pero los detalles cuentan mucho.

 

Nada de lo expuesto en este artículo es nuevo pero sí creo que nos conviene recordar de vez en cuando que nuestra labor más importante como profesores es educar y ayudar a nuestros alumnos a formarse y no ser meros transmisores de conocimientos (para eso ya tienen Internet). Para ello no hay mejor contexto que aquel en el que estamos ahí para ellos en todas las dimensiones.

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