Gamificación Trabajo en grupo

Aprendizaje entre iguales y el efecto espora

A veces, en nuestra profesión, nos encontramos con situaciones no planificadas que nos perjudican en nuestra intención de que el alumnado aprenda. Estas situaciones se dan más veces de las que querríamos, no nos engañemos, y son parte de los problemas con los que lidiamos los profesores en nuestro día a día. No obstante no todo es negativo y a veces también suceden cosas no planificadas que nos benefician. Eso es lo que me sucedió cuando puse en marcha el proyecto El libro del tiempo.

Los alumnos se enfrentaban a una serie de retos lingüísticos creativos en grupo (si quieres saber cómo gestiono los trabajos en grupo puedes visitar el siguiente artículo) y, dado que las tareas estaban enmarcadas dentro de un contexto gamificado, el alumnado mostraba cierto interés por hacerlo lo mejor posible. Inmersos en el proceso de escritura a los alumnos les surgieron dudas sobre distintos temas: signos de puntuación relacionados con las subordinadas, recursos para evitar la repetición de referentes, cuestiones de estructura narrativa, etc.

Entonces, como profesor, ante una pregunta interesante, me enfrentaba a una decisión: parar la clase y explicarles a todos los alumnos el temario en cuestión o explicar dicho temario solo al grupo que tenía la duda.

La primera opción partía con la ventaja de que nadie se quedaba sin escuchar (que no entender) la explicación de un contenido en concreto pero, al mismo tiempo, tenía un gran punto en contra y es que debía detener el trabajo de cinco grupos que estaban inmersos en otros temas y que en ese momento no les importaba ni les era útil para su trabajo centrarse en, por ejemplo, el tema de las subordinadas.

La segunda opción se presentaba, a priori, menos pedagógica porque 20 de 24 alumnos no iban a escucharme hablar del contenido que los otros 4 me habían preguntado pero también era cierto que atendía mejor a las necesidades de ese momento concreto de los alumnos.

Así pues decidí decantarme por la segunda opción. No se trataba de solventar la duda del grupo, se trataba de sentarme un instante con ellos y explicarles la teoría que había detrás de la duda que me habían planteado.

Lo primero que descubrí (en realidad todos los profesores lo sabemos pero creo que la palabra que define la situación es, precisamente, “descubrir”) es que fue muy sencillo: tenía solo cuatro alumnos delante de mí y todos ellos querían saber lo que les iba a explicar, todos ellos tenían interés porque era una duda suya y todos ellos le veían sentido porque lo necesitaban para su redactado. Lo que normalmente podría tardar una sesión en explicar y, sin muchas garantías, comprobar que habían entendido se redujo a escasos cinco minutos —cuánto ayuda el estar cerca del alumnado, sentado codo con codo, para explicar algo. No en la pizarra, no en la pantalla… en su papel, en su ordenador o en su libreta— y al acabar la explicación (que, al ser tan pocos, se entremezclaba con sus preguntas) otro grupo tenía una duda distinta. Repetí el proceso generando una situación similar a la siguiente en la que los distintos grupos habían aprendido distintos contenidos en base a sus dudas:

Espora 1

Al acabar el trabajo y siguiendo el ciclo de trabajo que tengo programado en mi asignatura, surgió una nueva tarea de escritura en grupo en la siguiente sesión. No obstante, los grupos de trabajo cambiaron y los alumnos se pusieron a trabajar con otros compañeros. Fue entonces cuando, mientras recorría el aula evaluando su trabajo y atento a las dudas que pudieran surgir, escuché parte de las explicaciones que yo mismo había dado en las sesiones anteriores; explicaciones sobre subordinadas, sobre referentes, etc. No eran perfectas, tenían sus fallos y no eran explicaciones muy rigurosas… pero en esencia estaban bien, lo cual, en primera instancia, significaba que habían entendido los conceptos (algo que en clase magistral ya me costaba) y se producían entre ellos, con ejemplos que ellos ponían y que ellos entendían, ejemplos que jamás se me hubieran ocurrido pero que funcionaban porque se estaba produciendo un aprendizaje entre iguales. Y entonces me di cuenta de lo mejor de todo, y es que esas explicaciones no se daban solo en un grupo porque al cambiar la formación de los equipos de trabajo los alumnos que habían aprendido el tema de las subordinadas estaban mezclados. Un ejemplo, algo idílico, en el que habría un integrante de cada grupo inicial en los nuevos equipos de trabajo, sería el siguiente:

Espora 2

La tercera ventaja que me encontré con este proceso es que el alumnado se estaba enfrentando a problemas reales de escritura, problemas que surgían en sus escritos y no en textos ajenos o de laboratorio. Eran los problemas de siempre, los que les quitaban puntos en los exámenes, los que como profesores nos cansábamos de marcarles en sus redacciones. Y no los afrontaban porque un profesor les dijera que “tocaba hacerlo ahora” (ya sea por el libro de texto o por la programación), lo hacían porque les interesaba, porque querían que su escrito fuera mejor que el de sus compañeros, porque tenían un interés personal en que sus ideas quedaran bien plasmadas sobre el papel.

Eso, no obstante, se enmarca dentro de un proyecto gamificado (www.ellibrodeltiempo.com) cuya estructura explicaré en otro artículo.

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